Romperse el cráneo… tiene poca importancia
Lo decía el sabio Ladislao Holmberg en una carta dirigida a El Eco de Tandil hace 130 años, aludiendo a las fracturas que había tenido al caer en uno de nuestros cerros, en comparación con el valioso hallazgo científico que había logrado.
Ferviente investigador de la naturaleza, particularmente de la flora y la zoología de nuestro país, Eduardo Ladislao Holmberg recorrió a lo ancho y a lo largo nuestra patria en procura de acrecentar sus conocimientos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailY como Tandil le ofrecía la posibilidad de incursionar en una región serrana prácticamente inexplorada, vino aquí a comienzos de 1880, realizando importantes estudios que volcaría luego en su libro titulado "Flora de la República Argentina".
Nieto del varón de Holmberg que acompañó en sus campañas a Manuel Belgrano, fue una de las principales figuras de las ciencias naturales en el país. A partir de 1882 sus viajes a nuestra ciudad comenzaron a ser más
frecuentes, tanto por su apasionamiento naturalista como porque su hermana María contrajo enlace con el doctor Eduardo Fidanza quien era, por aquel entonces -1881 a 1883- presidente de la Corporación Municipal.
Así fue como Holmberg llegó un día en compañía de su madre -el primero de febrero de 1883- para visitar a su hermana. Y, también, para completar sus estudios sobre la naturaleza de nuestros cerros.
El mismo día de su arribo, acompañado por su ayudante, el joven Justo González Acha, emprendió el camino que llevaba a la Gruta de Aguas Doradas, a la Cueva Oscura, al Sombrerito y a la Sierra de La Tinta. Allí trabajaron ambos -el maestro y el discípulo- por espacio de más de una semana, investigando y clasificando las distintas especies.
Y cuando ya estaban a punto de completar la tarea, Holmberg, de 31 años de edad, trepó a la cúspide de una empinada roca con el propósito de recoger unas flores del aire. Cuando estuvo allí, comprobó repentinamente que la vista se le nublaba y que sus piernas comenzaban a flaquear. El vértigo provocado por el abismo, instantes después, lo arrojaba al vacío.
La caída en posición vertical fue de unos doce metros de altura. A consecuencia del choque de pie con las rocas, el sabio naturalista sufrió numerosas fracturas, dislocación de una pierna y dos dedos del pie y contusión de una muñeca que al doblarse le sirvió de apoyo y resguardo al resto del cuerpo. Cuando hora y media más tarde llegó a Tandil el chasque con la noticia, el mismo doctor Fidanza, su cuñado, salió a
buscarlo y apenas lo trajo a su casa, junto a otro médico -el doctor Fernando Peré, trágicamente desaparecido años más tarde con toda su familia en un naufragio- le realizó las curas que el caso requería.
Y allí quedó el sabio, ligado como una momia, impedido de casi todo movimiento en cama. Aunque hablando con entusiasmo, siempre, de las nuevas especies de vegetales y animales que había encontrado en sus andanzas por las sierras.
Así estuvo hasta el 23 de febrero, fecha en la que fue trasladado a Buenos Aires. Antes de partir, le dirigió una carta al director de El Eco de Tandil, que comenzaba diciendo: “El accidente, señor Director, no ha tenido serias consecuencias para los fines de mi viaje. Porque si mi cuerpo falló, mi compañero González Acha guardó, afortunadamente, las colecciones que habíamos logrado, ya numerosas, cuando caí de uno de los murallones verticales de la sierra. Las que, además, fueron duplicadas durante mi ausencia”.
“La seguridad de que así había de suceder, me dio ánimo, mientras permanecía postrado. Y hoy, al retirarme, llevo junto con las reliquias de la caída -que todavía me hablarán por algunos días en su lenguaje doliente- muchos humildes tesoros que otros, más competentes, podrían haber reunido, pero que las circunstancias han puesto en mis manos. Lo que nada tiene de particular, porque al fin y al cabo… a buscarlos vine”.
Luego agregaba: "Se ha dado a mi accidente en Buenos Aires una importancia que, seguramente, no tiene. Sacarse los tobillos, la muñeca y una costilla, es cosa que a cada momento se ve. Pero lo que no se
ve con frecuencia -reflexionaba- es que en una caída semejante, no sea el cráneo el imprudente que primero toque el suelo".
Y finalizaba: “Si el cráneo se rompe y ello trae la sensación de un pensamiento, no otro debe ser éste que lo que realmente vale, es la colección lograda. Porque romperse el cráneo… tiene poca importancia ante tamaño hallazgo”.
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