Qué es el sistema cerebral de la recompensa
Si fue hecho para mí
lo tengo que saber,
pero es muy difícil ver
si algo controla mi ser.
Charly García.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email“Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llama magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fijé mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo…”.
Sólo genios de la estatura de Marcel Proust (el texto del primer párrafo se extrae del libro "Por el camino de Swann" de 1913, parte de "En busca del tiempo perdido") pueden interpretar las cosas un siglo antes del conocimiento científico y expresarlas con sencillez y con esa belleza literaria. Las vías neurológicas que interpretan la recompensa resultan de una interacción compleja entre estómago, intestinos delgado y grueso, y varias zonas específicas del cerebro. Desde el aparato digestivo viajan señales químicas al sistema nervioso central para informarle que se va a iniciar una comida, que esto ya se está produciendo, que ya es o tal vez debería ser suficiente lo ingerido. Es en el cerebro -no se pretende aquí detallar la anatomía de sus diversas áreas- donde se procesa esa información, para luego dar las respuestas correspondientes.
Una de las respuestas tiene que ver con la saciedad. El estómago lleno envía su mediador químico al sistema nervioso, lo mismo que el intestino cuando va recibiendo el bolo alimenticio. En muchas personas este sistema falla, y la saciedad no llega con las porciones razonables de comida. En general la plenitud, el entendimiento de que ya se comió lo suficiente, es una señal tardía. Si conocemos esto, podemos tomar una decisión: si ya comí una cantidad que debería satisfacerme, freno aquí. ¿Quiere decir que podemos podemos mentalmente dominar, manejar nuestra conducta ingestiva? Sí, pero hay que entrenarse para eso.
Otra de las respuestas que da nuestro sistema nervioso central es el de la recompensa. En forma consciente o inconsciente, los alimentos nos traen recuerdos de épocas pasadas, lo que maravillosamente describe Poust. Pueden traer tristeza por asociar alguna comida a alguna persona que se recuerda y extraña, pueden traer felicidad por recordar momentos hermosos. Fragancias, aromas, colores, tienen la posibilidad de evocar recuerdos de la infancia y de los seres queridos de esa época. Se ha hecho bastante popular el conocimiento de mediadores bioquímicos como la dopamina y de los receptores opiodes, que son motores centrales de la recompensa. Sobre estas sustancias actúan no sólo los alimentos, sino muchas cosas que nos dan placer, como la música, el arte, la temperatura agradable, los paisajes, y muchos etcéteras (entre ellos algunos directamente nocivos para la salud).
La falla del sistema, en alguna de sus etapas que engranan para que todo funcione, trae complicaciones severas como son las adicciones, la obesidad o los trastornos alimentarios.
El marketing publicitario suele apelar a estos mecanismos que describimos para lograr su lógico objetivo de aumentar las ventas, aunque lo que promocionen diste de ser bueno para la salud. Con el tabaco se ha trabajado desde los estados para concientizar al público de que la recompensa que le genera fumar es de altísimo riesgo para la salud. Se informó mucho también sobre las gaseosas, afortunadamente. Estaban (muchas están) llenas de azúcar, calorías vacías infinitas. El sabor dulce produce placer en la mayoría de las personas; con estas bebidas el estómago se llena pero como el vaciado del mismo de líquido es rápido, la saciedad no llega. Tal vez el freno a la ingesta se produzca cuando la botella se haya vaciado. Las gaseosas de bajas calorías tampoco generan saciedad, dan sensación placentera por lo dulce, y como beber muchas veces se asocia a comer, el sistema de la recompensa no frena la ingesta y se termina comiendo más de lo necesario. Un círculo vicioso.
En muchas personas esa alarma funciona, y logra controlar con “fuerza mental” el deseo. Informarse es esencial, el hecho de saber, de incorporar y de procesar información nos puede llevar a tomar decisiones saludables. Pruebo eso tan exquisito, lo disfruto, pero ¿para qué el exceso?
La ciencia sigue avanzando, y hoy contamos con muy buenas herramientas para tratar problemas como las adicciones y la obesidad, desde lo conductual y con productos farmacológicos. Hay tratamientos médicos para la obesidad que trabajan sobre este sistema biológico de la recompensa. Y la información, que siempre empodera.
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