Problemas de casta
El ambiente en el estadio está caldeado. Sólo hace falta que aparezca la tarjeta roja necesaria para iniciar el estallido. Cansados del VAR e indignados con los árbitros que cambian las reglas del juego para perjudicarlos a cada silbatazo, los hinchas visitantes protestan en todas las jugadas. No les queda otra, el dueño de la pelota es el equipo rival y de alguna forma tienen que hacerse valer.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailSu paciencia está llegando al límite. Primero que les daban entradas a tipo de cambio especial; después que no. Luego que les volvían a dar permiso para comprar pero a un costo tres veces mayor de lo normal; y después otra vez que no. Finalmente se las dieron pero la mayoría de los tickets eran truchos. Furia fue lo que se agarraron cuando se dieron cuenta del buzón que habían comprado.
Los fanáticos de la hinchada local también vociferan e insultan pero por otros motivos. Están nerviosos porque su equipo pelea el descenso y la dirigencia no reacciona. El referí que ellos mismos habían nombrado para este partido no les resultó como esperaban. El Presidente del club está de viaje en Estados Unidos. El tesorero, que había llegado para ordenar las cuentas y salvar el futuro de la institución, también se fue. La dueña, lejos de preocuparse por su gente y por los resultados de la gestión de los que ella misma ubicó en el club, sigue intentando salvar su pellejo en la Justicia.
Los socios se miran en la tribuna con cara de desahuciados. Cantan, pero no porque la ocasión lo amerite, sino porque lo único que les queda son los recuerdos. Ahora, solo resta esperar a que llegue el enorme digestivo con el que podrán seguir adelante: el mundial.
La escena anterior puede estar sacada de una ficción surrealista un tanto pedorra, pero no. Un país con cien por ciento de inflación anual y la pobreza arriba del 40 por ciento. Un país que no aumenta su inversión privada, que no aumenta sus exportaciones, que no crea trabajo. Un país con una política internacional muy errática. Un país que ha degradado la calidad educativa y perdido cientos de días de clases. Un país que no logra terminar con la inseguridad.
Como el club que pelea el descenso, Argentina es un país con un gobierno de poco más de mil días que aún no tiene rumbo. No hay nada de qué asombrarse porque los dirigentes son los mismos.
En medio de una pobreza que angustia y una inflación que asfixia Alberto Fernández se fue a la ONU. Como los hostels estaban llenos y el dólar oficial ayuda, se alojó en el hotel Park Hyatt de Nueva York donde la noche cuesta 170 mil pesos por persona. Con saber esto ya ni siquiera hace falta hacer referencia a sus dichos sobre los discursos de odio y la regulación de las redes sociales. Sólo basta con esperar a que vuelva a manejar su cuenta de Twitter para ver cómo sale.
La vice se queda pero metida en su mundo judicial. No gobierna sino que busca salir impune del juicio por la obra pública. Y de paso cañazo, a la espera de un fallo poco favorable en la causa Vialidad que pueda terminar en la Corte Suprema de Justicia, sigue con su cruzada para modificarla cuestionando a jueces y fiscales. El kirchnerismo es de manual: si no puede ganar el partido, cambia las reglas del juego.
El gobierno del Frente de Todos es un gobierno con problemas de casta. Su agenda no está en lo que necesitan los argentinos sino en la obsesión por el control. En esa agenda el único acuerdo que pareciera ser posible es el de las figuritas del mundial. Un mercado que el kirchnerismo también busca controlar.
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