El Gobierno de la improvisación
Las últimas dos semanas por las que atravesó Argentina estuvieron bien cargadas. Para los simples mortales como nosotros fueron semanas de angustia, de preocupación, de empobrecimiento, de resucitar historias de abuelos y padres que vivieron la última gran hiper. Mientras tanto en Peronia, para los funcionarios kirchneristas fueron jornadas dignas de un curso intensivo de malabarismo.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPrimero pasaron por introducción a las clavas y si alguien se sacó un diez fue Martín Guzmán. El discípulo de Stiglitz hizo la mejor clavada de los últimos tiempos. Antes de que el kirchnerismo se lo coma por la segmentación de tarifas y el ajuste que le pedía el FMI por el cumplimiento de las metas de déficit fiscal, renunció en medio del discurso de Cristina mientras recordaba a Perón en pleno conurbano. Pareciera que fue hace un año pero fue apenas hace dos semanas cuando el dólar recién empezaba la entrada en calor.
Junto con Guzmán se fue su equipo económico y Cristina insistió entonces con que el albertismo (si es que alguna vez existió) pase a la segunda clase del curso: malabares con pelotas. Literalmente le pidió más de una vez que use la “lapicera”, pero después de semejante cimbronazo como el que vimos no hace falta ser muy entendido en la materia para acordarse que la política está cargada de simbolismos.
Hablando de simbolismos y de poder… ¿No son llamativos los distintos usos que la propia Cristina, ahora también víctima de la improvisación, le tuvo que dar a su lapicera? Pasó de criticar las medidas de su propio gobierno por Twitter, a escribir cartas extensas en redes sociales, para terminar organizando actos masivos en el bastión de su movimiento. Si como decía Luhmann el poder tiene que hacerse visible, no deja de ser preocupante que cada etapa le haya demandado a la Vice un mayor esfuerzo para hacerse oír.
Volviendo a Olivos, los que hicieron gala de su expertise fueron la Vocera Presidencial y el Jefe de Gabinete. La primera improvisó una conferencia de prensa para anunciar a la nueva ministra. Tuvo que suspenderla por culpa de Elena y Rosita, dos vecinas de la Quinta que habían sacado a pasear a su caniche y aprovecharon para manifestarle a Alberto su disgusto con el rumbo del país mientras afinaban cacerolas. Se ve que las paredes de la residencia oficial son de durlock; y también que el Gobierno le tiene más miedo a Elena y a Rosita que a Grabois y a Aldo Rico que, palabras más palabras menos, llaman a “dejar la sangre” por la Patria en la calle. Nadie del gobierno les contestó aún. Cerruti confirmó a Batakis con un Tweet, igual que lo hizo Cristina con Alberto en 2019. Duda: ¿Tendrá Batakis el mismo caudal de legitimidad que el Presidente?
Al otro día, mientras Cerruti retaba a un periodista, el deconstruido ex gobernador tucumano dijo que confiaba en que Batakis iba a manejar las riendas de la economía porque ella “va al supermercado”. Parece que mientras la Ministra de las Mujeres guardaba un respetuoso silencio, Batakis corría al chino para congelar precios. Una mujer común.
Con Guzmán ya en el olvido, el recuerdo de su ahora indeseada figura se manifestaba en algunos columnistas de C5N que, en cada diálogo con cualquier funcionario o diputado K, pasaron de presentar al ex ministro como “el chico de Harvard y discípulo de Stiglitz” a señalarlo como “el hombre que se fue corriendo y dejó las cuentas sin pagar”. En política es muy común asignarle a cada cosa una intención, sobre todo si el fin último es incorporar sentido al ruido social en el que vivimos.
Tras aprobar con lo justo la segunda clase del curso de malabarismo, el oficialismo encaró la clase final: platos chinos. Batakis debutó jugando de local y dijo en TV que se sentía “cómoda” con el tipo de cambio como estaba. Si la primera señal de tranquilidad que esperaban los mercados era esa, el remate llegó con “el derecho a viajar al exterior colisiona con el derecho a generar trabajo”.
Alberto no quiso ser menos y en plena cumbre del Mercosur lanzó su nueva máxima: “Cuando alguien estornuda en Moscú, un argentino se resfría”. La frase puede dar risa pero resume un rasgo del pensamiento K: la antena de la globalización funciona on demand. Para justificar la crisis sí, pero para asumir responsabilidades no.
La inflación del INDEC ya llegó al 36,2% en el primer semestre del 2022 y las consultoras privadas ya calculan una inflación anual del 80%. Es el registro más alto que se tiene desde 1991 y en simultáneo los tipos de cambio paralelos no paran de subir. Hace unos días salió una encuesta de D’Alessio IROL – Berensztein en la que preguntaron a un grupo de argentinos en qué podrían gastar un hipotético extra de $50.000 en su bolsillo a fin de mes. La opción más elegida fue comprar dólares.
Desbordado por los viejos problemas de siempre y cada vez más por los nuevos, el Gobierno no tiene mejor idea que recurrir a la improvisación como forma de gestión. El caso del campo es paradigmático, siembra con un impuesto y cosecha con otro. Los que se van de vacaciones al exterior ya no saben si pagar con tarjeta o con el blue o si conviene cambiar el pasaje por un fin de semana en Las Toninas. Pensar que en 2019 vinieron a decirnos que iban a terminar con la especulación y nunca quien quiso trabajar en serio perdió tanto en Argentina.
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