Malvinas, en primera persona desde una emotiva mirada tandilense
“Yo creo que quienes elegimos la carrera militar estamos toda la vida preparándonos para algo que no pasa casi nunca: la guerra. Pero a nosotros nos tocó ir a Malvinas, un privilegio si lo miramos desde esa perspectiva: todas las generaciones que nos precedieron se jubilaron sin poder demostrar su valía, aunque nos dejaron todo su saber y experiencia. Los mejores y los peores recuerdos de aquel 1982 quedaron allá lejos, en tierra malvinense. Por eso nunca quise volver”, asegura Roberto José Vargas al recordar la gesta. Fue mecánico de aviones y especialista en armamento aéreo de los MS Dagger que participaron del conflicto en el Atlántico Sur.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailVargas recuerda que aquel 2 de abril de 1982 parecía ser un día más de entrenamiento en la VI Brigada Aérea de Tandil, hasta que el jefe convocó a todos a la plaza de armas: “señores, a partir de las 00 de anoche las Malvinas volvieron a ser argentinas así que nos tenemos que preparar por si los ingleses vienen a recuperarlas”. Las palabras retumbaban en el aire mientras cada uno corría a sus puestos a realizar la tarea cotidiana. Pero en todos quedó la sensación de que lo desconocido e incierto -la guerra- era inminente.
“Empezamos a preparar los aviones y el material que necesitábamos, sin saber a dónde íbamos. El 4 de abril a las 10 de la noche nos subimos a un avión que nos dejó, a las 4 de la mañana, en Río Gallegos. Permanecimos en la cabina algunas horas hasta que decidieron nuestro destino: la Base Aeronaval de Río Grande”, evoca José.
Cuando pusieron un pie en tierra se encontraron con una Brigada de Marina desolada: solo el viento y algunas avutardas se arremolinaron alrededor de ellos. “Fueron las únicas que nos recibieron, ruidosas y dóciles, se acercaron para ver qué era aquello que rompía esa árida monotonía. Por eso nuestro escuadrón llevó el nombre ‘Avutardas salvajes’”, explica.
De a poco, los locales se pusieron en contacto con los recién llegados y fueron arribando más aviones provenientes de la VI Brigada Aérea con el fin de comenzar los vuelos de entrenamiento a las Islas Malvinas.
“Nadie había volado hasta allá; nuestros aviones no tenían la capacidad de reabastecerse en vuelo y probábamos con cuántos tanques y cuántos litros de combustible era posible llegar a Malvinas. Finalmente, lo logramos con la ayuda de Perú, Venezuela y Libia que nos enviaron tanques de 1600 litros cada uno y nos permitían dejar el centro del avión para cargar bombas. Podíamos llegar, permanecer 3 minutos hasta encontrar el blanco y regresar al continente”, dice Vargas. Aquella etapa se extendió a lo largo de todo ese mes de abril, un entrenamiento en el que tuvieron que aprender lo desconocido hasta ese momento: formar una fuerza aérea de pilotos preparados para atacar blancos marítimos.
El bautismo de fuego fue casi un mes después de la partida de Tandil: el 1° de Mayo. “Aquel día salieron dos aviones, regresaron y salieron dos más. Regresó uno solo. El que comandaba el primer teniente (Leónidas) Ardiles quedó fuera de servicio. Él fue la primera víctima de nuestro escuadrón, un cimbronazo emocional que llegó muy temprano: no estábamos preparados para ese golpe”, cuenta.
A principios de junio, Perú ofreció 10 aviones y Roberto Vargas retornó a Tandil para recibirlos y prepararlos. Pero nunca entraron en combate: pocos días después, la guerra llegaba a su fin.
En 1982 Vargas era padre de 4 hijos. La más chiquita tenía apenas dos meses cuando voló a Río Gallegos. En la cuadra del Barrio Jardín donde vivía toda la familia, -como tantas otras del personal militar que había sido movilizado- había un solo teléfono: el del mercadito. Una vez por semana tenían autorización para hablar con sus seres queridos, entonces sus esposas e hijos aguardaban ansiosos escuchar la voz a miles de kilómetros. “Estoy bien, recen por nosotros” y volver a abrir una espera incierta hasta la semana siguiente.
“Llevo a Malvinas en el cuerpo, para siempre. Creo que es un amor que llevamos todos los que vivimos allí durante esos dos meses; los que asistimos a tantas pérdidas humanas, vimos morir a compañeros y amigos. Malvinas está en nosotros para siempre”.
El rosario que siempre volvió
Cuando partieron al sur, el capellán de la unidad, padre Héctor Batelli, los despidió en la escalera del avión, entregándoles un rosario y dándoles la bendición. “Yo me lo colgué al cuello y cada vez que terminaba de preparar un avión lo colocaba en la mira. Durante todo abril ningún piloto lo advirtió porque la mira permaneció apagada pero a partir del 1° de Mayo, cada vez que la encendían se encontraban con el rosario y cuando volvían me lo entregaban. A veces, algunos pilotos me lo pedían pero ya había partido con otro avión que estaba en misión.
Ese rosario tuvo más de 10 misiones. Siempre fue y siempre volvió. Hasta el día de hoy lo llevo en mi cuello como signo de la fe que me sostuvo en ese momento y a lo largo de toda mi vida”, relata Vargas.
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