Lorena Lavand: la heredera de la ilusión, con voz propia
Una charla exclusiva con la hija menor del mítico René. Lorena, con identidad propia, siguió los pasos del ilusionismo.
Lorena Lavand conserva un recuerdo muy vívido de su infancia. La emoción que le producían los momentos en los que su papá –René-, la llamaba para mostrarle “un juego”, y compartía con ella algún truco nuevo, algo que estaba preparando. Pasaron los años y la hija más chica del ilusionista hizo su vida, y hace 17 años se radicó en un pequeño pueblo de Galicia, España. En ese lugar, al que su padre viajaba mucho para presentarse, comenzó a redescubrir la magia y “eso de la infancia como que se fue despertando de a poquito”, según contó. Cuando tiempo después se subió a un escenario, entendió que ese era el lugar en el que siempre quiso estar. Con motivo de ser parte de “Tandil Ilusiona”, llegó a la ciudad para presentarse por primera vez con su espectáculo, un show en el que no solo hay magia sino también historias y sorpresas, con su propio sello.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email“Papá siempre decía que no hay juegos malos, hay presentaciones malas. Vos podés hacer un juego muy sencillo, pero si lo sabés vender, llega adonde vos quieras. A la sorpresa, a la emoción, a que la gente diga que eso no puede ser, que es un milagro. Y podés hacer un juego muy sencillo”, contó en diálogo con El Eco de Tandil, sentada en el living de la casa principal de Milagro Verde.
Aunque hace casi 20 años que reside en Lugo, un pueblo gallego famoso por sus antiquísimas y bien conservadas ruinas del Imperio Romano –“un lugar que papá amaba”-, siempre que regresa a Tandil vuelve a sentirse en su hogar. Nació y se crió en la ciudad, pero el amor –por un ilusionista-, la llevó a Europa.
“Cuando papá se murió yo estuve muy angustiada. Y dentro de lo que tuve que hacer para levantarme de esa pérdida, recuperarme, fue imponerme –un poco como terapia- empezar clases de teatro y de tango. Con teatro descubrí que era una pasión. La primera vez que me subí a un escenario fue a recitar un poema, y cuando bajé, dije ‘este es mi lugar’. Me sentí en casa. Ahí me empezaron a caer las fichas, nunca en todos los trabajos que tuve había sentido eso. Ahí me di cuenta de lo que quería hacer”, compartió.
Puede interesarte
Rodeada de ilusionistas –pareja, amigos-, fueron sus allegados los que la motivaron a preparar un número de 8 minutos. Estaba en eso cuando un conocido organizó una importante gala de magia, y le propuso armar un espectáculo de 45 minutos. Primero dijo que no, pero una cosa llevó a la otra. Con la esencia Lavand presente –contar una historia más allá de los trucos-, montó un show e inició una nueva etapa en su vida.
Lavand, con voz propia
“Estoy encantada de estar acá”, dijo Lorena sobre Tandil. Conscientemente o no, usó una palabra vinculada a la magia para referirse a la ciudad. Por primera vez sus familiares y amigos tandilenses la vieron presentarse como ilusionista, llevando con orgullo el apellido Lavand que su padre hizo reconocido a nivel mundial.
“Uso el diminutivo de nuestro apellido porque creo que es algo que tiene que perdurar en el tiempo. Fue un peso y una decisión difícil de tomar. Me costó muchísimo. Es como haberme agregado un poco lo que la gente puede esperar de mí. Pero que no muera, que no se pierda, es una responsabilidad también. Después de años de darle unas cuantas vueltas me di cuenta que tengo que hacer lo mismo que llevo haciendo hace cuatro años. Ser yo, enseñar lo que tengo”, sostuvo.
Cuando comenzó con el ilusionismo, hubo algo dentro de Lorena Lavand que se impuso a cualquier peso que podría llegar a tener el usar el apellido y hasta el legado de su padre. Algo que nacía en su interior y que la hizo empezar no solo a presentarse, sino a buscar y encontrar su propia identidad como ilusionista.
Sin embargo, cuando se le pregunta qué es lo que hace, no duda en responder. “Nada que tenga que ver con lo que papá hacía en cuanto a juegos, a técnicas. Para mí eso es algo sagrado que por el momento digo que no lo voy a tocar. A lo mejor dentro de diez años me meto un poco en ese tema, pero yo creo que no me hace falta entrar ahí para ser alguien. Y creo que el error de muchos artistas es creer que tienen que imitar algo de otro, sin embargo yo sí identifico a papá en lo que yo hago”, dijo segura.
Se sigue considerando “muy inútil con las cartas”. Incluso, señaló sin dudar, continúa haciendo “con la misma torpeza que cuando tenía 8 o 9 años” los dos juegos que René le enseñó durante su infancia. Ahí, en Milagro Verde, el mismo lugar donde solía escuchar a su padre hablando solo –ensayando-, y donde había migas de pan por todos lados mientras el ilusionista preparaba uno de sus números más reconocidos.
“Identifico a papá en la necesidad de no subir y hacer que algo aparezca y desaparezca. Si llegás a tocar un poquito más de la emoción, entonces la gente se lleva algo más. Eso evidentemente me viene de papá, porque nadie se iba indiferente al haber visto su ilusionismo, su magia como la gente lo llama”, concluyó antes de que el grabador se apague. La charla continuó, aunque por temas lejos del ilusionismo y el legado de René. O no tanto, porque él también amó los viajes, las ruinas romanas, y a Tandil y sus historias.