Juan Carlos Pugliese: un ser fundamental
Por Ricardo Pasolini.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailDoctor en Historia, Profesor titular ordinario, Fac. de Ciencias Humanas, Unicen.
Si hay un Dios, no creo que intervenga en los hechos humanos. Y si lo hace, no creo que sea un dios justo: me enteré que falleció Juan Carlos Pugliese, una persona fundamental no solo como lo es siempre para su familia, amigos y afectos más cercanos, sino para la historia y la vida política y cultural tandilense. Diría también para el actual y pobre acontecer de la política nacional. Tuve la fortuna de compartir por cerca de tres años una experiencia de gestión como Rector del Instituto Universitario de la Policía Federal Argentina, a la que había sido invitado por Juan Carlos, quien se desempeñaba como Subsecretario de Formación de las Fuerzas Federales de Seguridad, durante el gobierno del presidente Mauricio Macri.
Desde ese lugar, Juan Carlos venía motorizando varios principios novedosos. Uno de ellos era que los rectores de los institutos universitarios de la FFSS fueran seleccionados de acuerdo con trayectorias académicas reconocidas en la vida universitaria, además del perfil democrático y republicano de rigor que cualquier rector debe cumplir como funcionario de la democracia. El otro, y tan basal como el anterior, que estos Institutos –los cuales se rigen por la Ley de Educación Superior- se fueran convirtiendo en el mediano plazo en espacios académicos que se parecieran cada vez más a los perfiles de formación e investigación que dominan en el mundo universitario.
Estos dos elementos –que por cierto no fueron los únicos de su gestión- motivaron fuertes tensiones en las FFSS, pues no sólo se trataba de colocar a civiles académicos en los cargos dirigenciales de los institutos sino también de orientar los saberes de la investigación criminal con parámetros globales (léase universitarios de corte transnacional), que obligaba a los cuerpos docentes policiales y a las fuerzas mismas a jugar unas reglas fuera de las conocidas por las casi inamovibles tradiciones institucionales. Lo que había que saber para dar un salto de calidad académica no estaba presente en los institutos universitarios, por lo tanto, había que trabajar con mucha constancia y pasión para lograr esos cambios. Aunque Juan Carlos, buen conocedor de los tiempos de las instituciones, solía bajar mis ansiedades producto de las pequeñas derrotas coyunturales y de ser un recién llegado a la “gestión”, y presentarme un panorama contextual y de largo plazo que evidenciaba hasta donde entendía el funcionamiento de las políticas en escala ministerial. De hecho había sido ya además de rector de la Unicen, presidente de la Coneau y Secretario de Políticas Universitarias.
Diría que el resultado de esas políticas fue relativamente exitoso, y de hecho algunas de ellas –como la implementación del Curso de Ingreso Eliminatorio a las FFSS- se mantienen en la actual gestión. Así todo, cuando uno observa el devenir y la discusión que anima las políticas de seguridad, no se deja de pensar en Juan Carlos y extrañar su sensatez.
Esta experiencia de casi tres años fue única por lo que significó en términos de aprendizaje personal sobre el funcionamiento de la política, y diría también, sobre como pensar de ahora en más mis investigaciones académicas, una vez que se pierde cierta virginidad de vigía ético universitario, que desde su box de investigación y facebook cree poder establecer con facilidad qué deberían hacer los otros, esos que manejan siempre recursos escasos y oposiciones políticas no particularmente republicanas.
Pero no solo le debo a Juan Carlos ese aprendizaje si se quiere anecdótico sino el haber descubierto en él a una persona extremadamente generosa, extremadamente lúcida y, sobre todo, de una apertura mental notable, en un contexto moral donde ese perfil psicológico escasea. Para mí, Juan Carlos ya tenía un carácter mítico pues él había sido el Rector de la universidad en la apertura democrática, momento de mi ingreso como estudiante. Si bien en esa época de pelos y barbas largas en la por entonces Facultad de Humanidades nos oponíamos al “rector radical”, él era el Rector que –no sin tensiones con el mundillo local- había posibilitado los concursos docentes y el salto académico de una universidad provinciana, y de quien todos –independientemente del color político- hablábamos muy bien. Y lo mítico no hizo más que acrecentarse, esta vez desde el descubrimiento personal, desde el asombro y también desde el cariño. Sobre todo por su honestidad y hombría de bien, también advertida por todos.
Juan Carlos nunca te pedía el carnet de afiliación, no establecía un “nosotros” y un “ellos”; nunca lo oí hablar mal de alguien en los innumerables viajes semanales que compartimos o en reuniones formales o informales de trabajo. Siempre estaba dispuesto al encuentro y al acuerdo, y a brindar oportunidades a cercanos o lejanos, y claro, tenía un gusto por el mundo de las ideas que hacía que sus reflexiones –siempre desde el deseo por saber más, no de la sentencia- tuvieran referencias intelectuales globales. Es que también sus vínculos eran globales, de tal suerte que más de una vez llegaban a su teléfono celular las consultas y pedidos de consejo, de rectores de universidades iberoamericanas que lo tenían como referente de la evaluación institucional.
No faltaba tampoco su gran sentido del humor, sobre todo cuando en nuestros viajes de regreso a Tandil, compartíamos los asientos del auto con sus amigos “Choli” Pedersoli, el antropólogo “vegano” Luciano Centineo, y la politóloga de cáusticos análisis Florencia Giri, en los que las buenas maneras de la discusión y pasión políticas alcanzaban a veces el nivel de un tractatus.
En fin, además del sinsentido y la tristeza, la muerte de Juan Carlos nos angustia también por lo inesperada, por todo lo que había dado y le quedaba por dar en los afectos primarios y en la vida pública, y, porque además del dolor que provoca en quienes lo queremos, se va uno de los mejores de los nuestros, esos seres fundamentales que están incorporados tanto en nuestra historia personal como en la de la ciudad. Esos que por su perfil humano total son imprescindibles e irremplazables.