Pedro Etchevarne, una historia de arraigo al terruño donde creció y el amor de compartirlo con la comunidad
Desde su infancia más temprana Pedro Etchevarne se instaló allá por el paraje El Gallo, donde llegó junto a su familia en la década del 50 y nunca más se fue. Ahí echó raíces y junto a su esposa, Yolanda Rabainera, se arraigaron a esas tierras, que también supieron soltar por el bien comunitario.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailHace poco cumplió 79 años y con jovial entusiasmo nos recibió en la casa, esa de barro que levantó el padre con sus propias manos y donde también moró junto a su compañera de vida Yolanda; habló del campo, de la huerta y recordó la cantidad de vecinos que tuvo en estas casi ocho décadas.
En sus ojos, el brillo se encendió cada vez que habló de la tierra. Como si no pudiera evitarlo, la nombró con agradecimiento, respeto y notable esperanza. “Siempre la tierra”, decía casi suspirando.
Hasta hace unos años, Pedro tenía alrededor de 46 hectáreas, pero cuando su esposa falleció cumplió con ese amoroso pacto que habían hecho de donar 21 hectáreas a la sociedad, mediante el Municipio. Ellos no habían tenido hijos y decidieron que lo mejor era ceder ese bien a la comunidad.
Las condiciones fueron pocas pero claras, que se destine a fines productivos, educativos, sociales y sostenibles con el ambiente.
En 2018 se selló aquel contrato y hoy, este vecino de sonrisa siempre dispuesta y pasos calmos, puede ver desde su casa y con orgullo la transformación de aquella tierra. De hecho siempre se cruza a dar una mano, participa y va a la par de los jóvenes que tomaron la posta.
Siempre la tierra
Entrar a la casa de Pedro es encontrar allí su sencillez, las semillas de zapallos de su huerta que cosechó y empezó a seleccionar para una nueva siembre esparcidas sobre la mesada, su perro tan amigable y las plantas de Yolanda guiando la bienvenida.
Contó que todas las mañanas, sin horarios ni apuros, se levanta y toma mate mirando lejos, con la radio acompañando de fondo. “Siempre hay algo para hacer en el campo”, aseguró.
Las hectáreas que le quedaron las arrienda y en su terreno más próximo siempre encuentra quehaceres porque tiene huerta, gallinas, árboles, jardín y también algunas ovejas.
Su pequeña quinta está cerca, tiene de todos un poco y sin grandes esfuerzos, ya que va dejando que cada planta cumpla su ciclo natural y la tierra siga haciendo lo propio, como ser resguardar la semilla latente para que germine cuando las condiciones se den. Así, por ejemplo, muchos de los tomates que nos convidamos al pasar volvieron solos desde la temporada pasada.
A las gallinas les armó un buen refugio para que tengan espacio de andar, pero sin ser amenazadas por los depredadores que normalmente andan por la zona. Así puede tener los huevos, que vende y consume.
Más allá, cerca del molino, está la plantación de zapallos ancos y plomo. Junta sus semillas que van rebrotando de la propia vida de sus ancestros, mejorándose, afianzándose a la tierra y el clima, le es inevitable separarlas, seleccionarlas, conservarlas.
“Me quedé acá en el ranchito”
Como contó, él llegó a El Gallo con su familia cuando tenía alrededor de 8 años. Según dijo no tenían mucho, llevaban una vida humilde y austera, pero sumamente honrada. Desde chico empezó a trabajar, era algo natural, ayudaba a su padre, a los vecinos, andaba de un campo a otro y se acuerda los nombres de todos los que pasaron por allí.
Todavía quedan algunos y cada tanto se juntan a charlar. Sin embargo, mucho de ese paisaje que guardaron sus ojos niños cambió. Había más casas alrededor. Las extensiones productivas fueron creciendo, varios eligieron instalarse en la ciudad y hoy el horizonte es más lejano. Hermoso igual.
Su casa queda muy cerca de la Escuela 41 “Doña Paula Albarracín de Sarmiento”, la conoce de memoria porque ahí estudio. Recuerda que eran más de 40 alumnos en su época y que lo disfrutaba mucho. “Siempre se hacía alguna fiestita para recaudar fondos”, reveló y lamentó que hoy el abandono total se haya apoderado de ese espacio que dice ser estatal, pero que de hecho fue gracias al esfuerzo de un grupo de vecinos y la Cooperadora escolar lograron agregarle un nuevo salón.
En un principio alquilaban ese terruño, y como estaba en sucesión casi se mudan al lote que cedieron a la comunidad, pero pudieron comprarlo. “Me quedé acá en el ranchito”, dijo sonriente y contando orgulloso que estaba hecho de barro. “Lo hizo mi viejo cuando vinimos de Egaña”, explicó.
Emulando los pasos de su papá, eligió dedicarse a la tierra y Yolanda lo acompañó en ese camino de vida. Ambos preferían estar ahí, dedicarse a la huerta, la casa y todo lo que surgiera alrededor, entonces cuando viajaban a la ciudad para hacer los trámites necesarios, volvían enseguida.
Eso mismo hace hoy Pedro, aunque tiene una casa en Tandil donde poder descansar, no le importa si son las 9, las 16 o ya de madrugada, siempre elige retornar a dormir al rancho.
En marcha las 21 hectáreas donadas
Antes de llegar a “El Arraigo” original, pasamos por el proyecto que se le encargó a la Coordinación de Agroecología del Municipio, la cual se impulsó gracias a la donación de Pedro, y lleva el mismo nombre de su tierra.
Cuando Etchevarne logró comprar esas 21 hectáreas, que al principio alquilaba, llevaban el nombre de “El Eucalipto” por el añejo y enorme ejemplar que está todavía de pie en la parte del cerro, pero junto a Yolanda decidieron ponerle “El Arraigo”, porque así lo sentían.
Bajo la dirección de Asuntos Agropecuarios nació la Coordinación de Agroecología que gestionó un proyecto para empezar a trabajar ese espacio de la forma que Pedro pidió.
Recientemente lograron que bajaran la luz del tendido eléctrico, lo que amplia el panorama de posibilidades hacia el futuro. En el predio sembraron tres hectáreas de zapallos con un modesto voluntariado, personas de la comunidad “que se acercaron a dar una mano”, se instalaron 25 colmenas en un programa conjunto con INTA y sembraron tres cultivos no convencionales (teff, amaranto y mijo) mediante un convenio con Épicos.
“Eso a mí me dio vida”, exclamó Etchevarne, que se cruza todo el tiempo y siempre está dispuesto a trabajar a la par, tender su mano. Reveló que se imagina que podría instalarse una casita para que habite un quintero, quien pueda producir en El Arraigo y dotarlo aún de más plantas.
El presente, una sucesión de pasados
“Antes era todo agroecológico, era lo normal, todo el mundo lo hacía¨, dijo naturalmente. Contó que en su época usó pocos agroquímicos y herbicidas, porque cuando hacía variedades de maíces y girasol los escardillaba y él mismo seleccionaba las semillas que usaría en la próxima siembra. Aseguró que daban buenos rindes.
Así lo hizo muchos años, sin embargo explicó que “a lo último los criaderos de semillas pasaron por arriba” y esto lo volvió más caro.
“Yo sembraba, pero el vecino hacía un híbrido y se empezó a cruzar todo, entonces de repente salía un grano rosa o más coloradito”, figuró.
Hoy está alegre con que diversas formas de producir en armonía con la tierra estén en boca. y relacionó con que hará posible la vuelta de más gente a vivir al campo. Igualmente, razonó que el camino no será fácil, pero él a sus 79 años lo está viendo.
Pedro se retiró en 2011, para orgullo de sus padres pudo hacerse de sus tierras, trabajarlas honradamente y con amor, y su perspicacia le permitió adquirir alguna casita en la ciudad y otras inversiones. Al jubilarse se dieron el lujo, dijo, con Yolanda de viajar por todo el país. Eso está claramente demostrado en la heladera de lo que llama su rancho, donde hay un souvenir imán característico de cada sitio.
“No podría estar sin hacer nada”, exclamó. Pedro nunca se aburre, su rutina no cambió mucho con la llegada de la pandemia, garantizó que allí es incluso más seguro para la salud, el aire más puro. “Estas protegido”, dijo.