Policiales

Entre el castigo penal y la resilencia conyugal, una colisión de intereses

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Un violento suceso ocurrido en junio del año pasado en una vivienda de Piccirilli al 1100 comenzó a ventilarse en una audiencia en el TOC1, hecho por el cual está imputado y apresado desde aquel entonces un hombre por coacción.

El caso que podría circunscribirse en uno de los tantos en los que la reacción virulenta de un hombre por conocer que su exmujer ya no lo tiene entre sus planes culmina la historia de la peor manera. De hecho, hubo momentos, horas de zozobra, con armas en mano, disparos al aire y policías replegados frente al accionar irascible del acusado. Empero, las conductas humanas, la resilencia conyugal no sabe de códigos penales, leyes y mucho menos tecnicismos ventilados entre las partes para definir la suerte procesal. La suerte de víctima y victimario ya se encaminó por otro andarivel.

Entonces, más que nunca entró a consideración la injerencia de la justicia penal. Aquella que entre sus limitaciones busca reparar el daño y castigar a aquel que lo provocó. Hasta dónde buscar la verdad y reprimir con lo que el código reza cuando el entuerto ya fue esclarecido –al menos así lo evidenciaron- a sus modos y sus formas los involucrados.

A más datos, esa mujer que denunció por las amenazas de su exmarido ahora confiaba ante el juez que, enamorada, había regresado con aquel agresor con quien formaron una familia y lo va a visitar dos veces por semana al penal, con la esperanza de que salga pronto y juntos irse de Tandil. Buscar un nuevo destino de residencia y volver a ser lo que eran hasta aquella violencia extrema que mereció la intervención policial, cuyos efectivos también sufrieron en carne propia la coacción, debiendo primeramente replegarse ante el amenazante caño de escopeta que los apuntaba. Finalmente, otros policías persuadieron al hombre que ensimismado en su ira se alejó unos instantes de la escopeta y fue aprehendido.

A casi un año de detenido, ahora es juzgado por aquel accionar que su ahora ya no exmujer buscó minimizar primero y perdonar después, mientras que el fiscal mantendría la acusación pidiendo una condena –la mínima- de cumplimiento efectivo y la defensa su absolución.

Será el juez quien resuelva con su veredicto la semana entrante, arribando al desenlace de una historia judicial escrita en un sobrio expediente, mientras que la historia no oficial pero más cercana a los sentimientos de los protagonistas ya fue saldada.

El debate

Pasadas las 9 de ayer el juez Guillermo Arecha daría por iniciado el debate para que el fiscal Damián Borean y el defensor Carlos Kolbl desplegaran sus respectivas estrategias. Todos se verían sorprendidos (o no tanto a esta altura por la recurrencia en este tipo de casos y relaciones que desfilan por la sede judicial) por lo que se escucharía minutos más tarde, con el comparendo de la mujer.

María Cecilia Cucarezze se sentó a escasos metros de Jorge Orlando Anchoverri –el acusado- y delante del juez daría su nueva versión de los hechos. Relativizando aquel grave incidente que mereció la intervención policial e incluso con medidas preventivas de la justicia, como la orden de restricción de acercamiento y un botón antipánico.

“Hace 33 años que lo conozco. Es mi marido. Estuvimos separados unos 4 años pero ya hace un tiempo que retomamos la relación”, soltó la mujer que igualmente debió responder los interrogantes del fiscal y el defensor.

Sobre el suceso en juzgamiento que llevó precisamente a que su esposo termine preso hasta estos días, detalló que ocurrió cuando estaban separados pero que aún convivían en la misma propiedad, en la casa lindera junto a una de sus hijas. Por esos días, al decir de la testigo víctima, “él se puso celoso porque creyó que yo estaba saliendo con otro hombre”.

Adentrándose en el incidente, apenas soltó que “él estaba como sacado. Tenía un arma y tiró al aire, exigiéndome que me fuera de su propiedad, que no me quería ver más ahí”.

Ante la insistencia del fiscal porque la mujer trataba de minimizar aquel suceso, la mujer terminó aceptando a regañadientes que algunas frases de su marido fue “te voy a matar”, pero luego la testigo intentaría dejar plasmado que eso no le infringió temor. Apenas algo de nervios.

“Se nos fue de las manos a todos. No pensé que llegaríamos a esto. Yo lo amo. El en este año detenido ya pagó”, sollozando expresó la mujer cual súplica.

Retornando a la pregunta si sintió temor (de allí la importancia para la acusación para sostener la figura de coacción –amenazas-) la mujer aceptó decir que “tengo miedo”, pero que el miedo respondía “a que quede preso más tiempo”, dejando en claro que para ella aquel problema había sido superado y no tenía ya intenciones de escarbar más. “Ya hemos hecho planes. Nos queremos ir de Tandil y rehacer nuestras vidas juntos”, cerró.

Los policías

Tras acordar entre las partes incorporar buena parte de la prueba y testimonios por lectura, solo restó escuchar la palabra de dos policías que intervinieron en aquel caso traído a juicio.

Carlos Daniel Peralta fue el primero de los uniformados que arribó al lugar ante un alerta del 101 (llamado recibido de la mujer) y se topó con el irascible hombre que, escopeta en mano, no dudó en enfrentarlo y solicitarle que se fueran del lugar. Que esa era su propiedad y ahí mandaba él.

Con el cañón del arma larga apuntándole al pecho desde escasa distancia, el policía con sus manos elevadas hacia el cielo para que el agresor no se viera amenazado, volvió sobre sus pasos hasta el patrullero. Era tiempo de pedir refuerzos.

A los pocos minutos arribarían al lugar más policías e incluso agentes judiciales en medio del alboroto vecinal. Sería el policía Mauricio Genco quien luego de mantener un intercambio de palabras con el agresor, logró ingresar a la vivienda y cuando apenas el acusado se separó de su escopeta lo terminó apresando.

Ya sin margen para más, se echó a rodar los alegatos de las partes para que pisando el mediodía se diera por culminada la audiencia. Ahora solo restaba conocer el veredicto del juez, quien ventilará su opinión la semana entrante.

Mantener la acusación

Ya en tiempo de alegatos, lejos de conmoverse por la renovada situación sentimental expresada por víctima y victimario, el fiscal ratificó su acusación y pidió que los hechos sean calificados como “coacción, coacción agravada y portación de arma de fuego de uso civil en concurso real”, delito por el cual solicitó la pena mínima de tres años de prisión de cumplimiento efectivo.

Adentrándose en el caso en juzgamiento, el fiscal dividió los incidentes en tres hechos. El primero, cuando el 29 de junio de 2016, luego de las 22, en el patio exterior del domicilio de calle Piccirilli 1130, el señalado llevaba consigo una escopeta calibre 14 marca Centauro, cargada con cartucho del mismo calibre, sin la debida autorización legal para portar armas.

Como segundo hecho, esa noche, en el patio de la vivienda, amenazó deliberadamente de muerte a su exmujer con el propósito de obligarla a que se retirara de la casa donde residía. Para lo cual le expresó: “si, si, vos pasá y entrá y sacá todas tus cosas que yo te voy a matar”.

Ya como el tercero de los hechos endilgados, con la misma escopeta el hombre apuntó y amenazó a los policías para que éstos se retiraran del predio. “Están en mi terreno, váyanse de mi propiedad, acá mando yo”, lo que obligó a los uniformados a replegarse para proteger su integridad física.

La defensa

A su turno, el defensor oficial Carlos Kolbl buscó poner en crisis la acusación con sus respectivas pruebas e indicios incriminantes, para exigir la absolución de su pupilo que, a esta altura y tras la calificación que merecían los hechos, debía recuperar de inmediato su libertad.

Los cuestionamientos apuntaron a alterques técnicos que hacen a la calificación elegida por el fiscal, por caso que no era lo mismo una portación de arma que una tenencia, cuando la diferencia se da en si estaba dentro o fuera de la propiedad del acusado.

También cuestionaría que la policía ingresó al predio sin una orden de allanamiento cuando no se trataba de un hecho en fragancia, por lo que debía considerarse nulo el procedimiento.

Claro está que el defensor aludiría a lo que finalmente evidenció la víctima en el debate, cuando dijo no sentirse con miedo, que para ella el caso ya había sido resuelto y se habían reconciliado.

Bajo esos parámetros Kolbl requeriría que su defendido sea puesto en libertad, solicitud que ahora quedó en manos del juez Arecha, pronto a resolver.

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Guillermo Liggerini

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