En el primer juicio por jurados, se condenó al acusado de violar a una menor de 12 años
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“Nosotros, el jurado, en el nombre del pueblo declaramos culpable a Sergio Salas por el delito de abuso sexual con acceso carnal”. Tras 55 minutos de deliberación y faltando 15 minutos para arribar a las 22, el jurado popular había emitido su veredicto, en lo que resultó una jornada histórica para el fuero penal local.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn su primera experiencia, el TOC 1 celebró ayer el juicio por jurados y, como tal, había mucha expectativa, adrenalina, nervios y tensión, sobre todo en aquellos que estaban a cargo del desarrollo de la audiencia, que contó incluso con la supervisión y control de la Procuración y otros organismos judiciales de alzada, con soporte fílmico que registrase todo, absolutamente todo lo que iba a ocurrir en una sala que contó con un público ávido por palpar de cerca los alcances de esta nueva modalidad que alcanzó a la justicia vernácula.
Se trató de una maratónica y desgastante jornada en la que el Tribunal consideró que debía empezar y terminar el mismo día y así evitar el dispendio de mayores recursos. Para la audiencia acudieron más de una treintena de vecinos convocados desde distintas ciudades que integran la cabecera judicial azuleña. De Olavarría, Laprida, Rauch, General Lavalle, Azul, Bolívar y Tandil, entre otros distritos, llegaron los citados desde las 8, tiempo en que fueron registrándose hasta que fueron invitados a ingresar a la sala de debate donde las partes, el fiscal Luis Piotti y Carlos Kolbl, discriminaron según su criterio quiénes debían ser descartados y quiénes podían integrar el jurado, todo coordinado por el juez Pablo Galli.
En una rápida resolución, ya estaban los 18 integrantes del jurado (12 titulares y seis suplentes), para alrededor de las 11 dar comienzo al debate formal que ventilaría un caso con aristas aberrantes, sensibles, de alto impacto emocional. Se ponía a consideración del jurado popular la suerte procesal de un hombre acusado de abusar sexualmente de una menor de 12 años a la que había tenido en guarda, hija de su pareja.
Previo al desarrollo del debate con el desfile de testigos citados para la ocasión, el juez Galli leyó un instructivo al jurado, el cual a grandes rasgos explicaba sobre lo que iba a vivenciarse de aquí en más, con los lineamientos del fiscal y el defensor, las pruebas que iban a ser ventiladas, lo que significaba una prueba directa e indirecta, la presunción de inocencia del que estaba sentado en el banquillo de los acusados, que éste no declare era un derecho que la asiste y no debía ser tenido en cuenta como prueba de cargo, y demás menesteres técnicos que los 18 miembros del jurado debían atender a la hora de analizar lo que verían y oirían a lo largo del juicio.
Con las dificultades propias que cuenta la sede judicial que se conocían de antemano, acerca de su infraestructura para contener a la cantidad de gente en una sala de medianas dimensiones, con una antesala de pasillos angostos y apenas un baño para compartir, con el “humor” de los que tuvieron que acudir a la cita por la carga pública que implicaba ser jurado, todo salió de forma aceitada y decorosa, más allá del resultado final que implicaba el veredicto para con el principal protagonista del juicio, el acusado, independientemente de la relevancia que cobraba en este caso particular la conducta que iba a asumir los encargados de sellar el futuro del imputado.
De manera respetuosa y con mucha atención, con algún algún gesto y rostro que evidenciaba cansancio con el paso de las horas, los 12 vecinos (tres de Tandil) siguieron lo que propuso el fiscal como el defensor, como así también la docena de testigos que desfilaron a lo largo de las 12 horas de debate, tiempo en el que se concedió algunos cuartos intermedios en los cuales los integrantes del jurado pudo almorzar, merendar y cenar en las instalaciones de la sede judicial con las viandas dispuestas, amenizado así la agobiante jornada.
Alguno de los componentes del jurado de tanto en tanto intercambiaban opiniones por lo bajo sobre lo que oían y observaban. Con atención escuchaban las directivas del juez como así también lo que proponían las partes. De reojo, también les quedaba registrada la actitud, postura del acusado, quien se mostró impertérrito, con la mirada en un punto fijo. Mirando sin mirar, casi escondido detrás de su defensor y la custodia policial.
Su estirpe ni siquiera iba a mutarse cuando se proyectó la Cámara Gesell de la menor, quien con un relato desgarrador fue contundente a pesar de sus dificultades mentales para comunicarse y contar lo que contó (ver aparte el caso…).
Testimonios
Tanto Piotti como Kolbl claramente se mostraron preparados para el hito judicial. Los lineamientos primigenios, sus intervenciones en los interrogatorios como lo que sería el alegato final, resultaron de alto vuelo, resultando muy didácticos para un jurado inexperto (apenas un par ya habían participado de otro debate de las mismas características), vecinos comunes que debían entender de qué estaban hablando.
Tal vez el momento de mayor complejidad resultó al escuchar los peritos convocados, quienes con en lenguaje técnico por momentos parecían estar distantes de la comprensión de aquellos hombres y mujeres (en mitades iguales) que debían resolver.
Sería primero el fiscal Piotti, entonces, quien dio a conocer su hipótesis acusatoria, considerando que iba a tratar de probar la culpabilidad de aquel hombre que estaba enfrente del jurado en detrimento de la menor víctima, a quien el jurado iba a conocer a través de la pantalla desplegable en la que se proyectó la Cámara Gesell. La entrevista que oportunamente el fiscal junto a una perito psicóloga le realizó en la instrucción a la menor.
Como estrategia, el ministerio público diagramó el desfile de testigos como cronológicamente se fue sucediendo el develamiento del caso. Desde que los docentes de la escuela tomaron nota y denunciaron el posible abuso que había sufrido la niña, pasado por las trabajadoras sociales y psicólogos del Servicio Local, judiciales del fuero de Familia hasta los que intervinieron desde la justicia penal.
El caso resultaba contundente a priori a la hora de especular con que la situación del acusado era archicompleja. Sólo la astuta capacidad de un experimentado defensor, con reconocida oratoria como Kolbl, y el acertijo que implicaba el pensamiento de aquellos “extraños” vecinos que debían resolver, abrían el interrogante sobre un cambio de rumbo en el desenlace judicial.
Pero por lo visto y oído, lo que percibió el jurado popular se condijo con el sentido común de lo que se vivenció a lo largo del extenso día judicial. No tuvieron margen a duda (así lo evidenció el escaso tiempo que se tomaron para deliberar) y fallaron sin contemplaciones, por mayoría (10 votos). Ahora, más precisamente el lunes por la mañana, el juez Galli recibirá al fiscal y el defensor para merituar la pena tras el veredicto. Se contemplarán los agravantes y atenuantes y, a partir de allí se resolverá la pena para un delito cuya calificación prevé desde 8 a 25 años de prisión.
El caso
“¡Despelote!¡Despelote!¡Sangre!¡Cama!
Sin dar por sobreentendido nada, el fiscal se encargó de ventilar el sensible caso de abuso como cronológicamente se desencadenó el develamiento de los sucesos abusivos que padecía la niña que en el 2014 tenía 12 años. Desde allí hasta pasados los 13 había sido violada al menos en tres oportunidades por quien era el concubino de la madre y tenía a cargo la guarda de ella como de sus hermanas, Sergio Salas.
Para respetar aquel cuadro de situación que derivó en la intervención judicial, pasaron como testigos aquella docente de la Escuela 503 que escuchó y vio cómo la hermana de la niña, con síndrome de down, un día acudió al establecimiento visiblemente alterada y a sus modos y sus formas ventiló que algo había pasado en su familia, en su casa. “¡Despelote!¡Despelote!¡Sangre!¡Cama!”, gritaba la niña y nombraba a su hermana, a la vez que gesticulaba y llevaba sus manos a las partes íntimas. Allí la docente advirtió que algo grave había ocurrido. Que a pesar de sus dificultades aquella niña estaba gritando y pidiendo socorro por su hermana. Con un notable compromiso, aquella docente trasladaría lo que había ocurrido a la asistente social de la institución, como así también a las profesionales del Servicio Local y el Juzgado de Familia.
Así, desfilarían más luego todos los actores intervinientes, quienes ratificaron en un todo cómo fue que se citó a la madre y a las niñas, las entrevistas protagonizadas, lo que motivó que se resolviera una medida de abrigo para las menores en riesgo. Fueron cobijadas en un hogar de contención, hasta tanto la justicia penal hiciera su parte.
Entonces, pasarían frente al jurado los peritos intervinientes, que hablaron de coherencia, credibilidad de la niña que a partir del develamiento de su hermana contaría lo que estaba padeciendo.
Con el paso de los actores judiciales, las entrevistas que la niña había sido sometida y, alejada de aquel entorno familiar, la niña que a priori no quería contar y casi fue empujada por su hermana a exponer lo que padecía, se soltaría y empezaría a relatar a lo que había sido presa de aquel hombre violento y perverso que, encima, contaba con la complicidad de la mamá de las niñas, que las consideraba fabuladoras, mentirosas, lo cual iba a insistir en el propio juicio, a pesar de la contundencia de la prueba que ya se había desnudado.
Cámara Gesell
Uno de los momentos más conmovedores de la audiencia tuvo que ver precisamente con ver y oír la declaración de la menor vía Cámara Gesell, cuyo relato despertó conmoción en algunos integrantes del jurado que no pudo evitar las lágrimas. Otros, optando por una mirada casi inquisidora hacia el acusado. Un sinfín de gestos, posturas dignas de otro diagnóstico, otra crónica.
La niña víctima, con un desfasaje pedagógico de dos años, también a sus modos y formas sería contundente en su declaración sobre lo que padeció, brindando detalles sobre los abusos a la que fue sometida de parte de su padrastro, con pasajes de profunda emoción y rompiendo en llanto al tener que recordar lo que cualquier quisiera olvidar para siempre.
“El ya me había querido violar cuando era más chica, en la otra casa. Me bajó los pantalones, me sacó la bombacha y él se sacó la ropa (…) yo ahí grité: ¡Mamá!¡Mamá! y ahí no pasó más nada”, fue la cruda, cruel introducción en la que la propia nena le contó al fiscal para adentrarse sin solución de continuidad en los sucesos abusivos que luego sí ocurrirían. Violaciones que merecieron también el análisis de peritos médicos que revisaron a la niña sobre las lesiones en sus partes íntimas.
Es que una buena parte de la discusión de las partes se centró en si había existido un abuso agravado por el acceso carnal o podía haber sido un abuso simple, tal lo planteaba la defensa. Por eso resultó de vital importancia el aporte de la perito -médica- María Luna, que ilustró sobre los alcances de una penetración y los signos que podían o no evidenciarse en el cuerpo de una niña de 12, 13 años.
Dos relatos encontrados, una sola verdad
Otro pasaje intenso del debate se sucedió cuando atestiguó una mujer que había sido pareja del padre de las menores y quien tuvo en guarda a la hermana mayor de las hijas de la familia disfuncional.
Ella también había sido testigo directa de los dichos de aquella menor abusada. Antes del develamiento en la escuela, la niña había acudido a su casa y le confesó a ella, a quien la consideraba como una tía, lo que aquel sujeto le había hecho.
Visiblemente conmocionada por reseñar aquella escena del relato de la niña, la mujer le contó al jurado como reaccionó frente a aquella situación. Que llamó a la madre y la contó lo que la hija le había confesado, pero que esta, lejos de conmoverse, rechazó aquellos dichos e incluso retó a la niña.
Sería entonces interesante luego escuchar a la propia madre, quien se mantuvo en aquella tesitura negadora, de que sus hijas mentían. Que su pareja (con el cual concibieron otra hija) nunca le había hecho nada aunque no sabía explicar por qué motivo su hija lo iba a acusar de semejante hecho.
Para comprender la estructura de pensamiento de la madre negadora, el fiscal le recordó sus propios dichos, cuando había contado que ella había sido violada cuando más joven y que sabía bien de qué se trataba, lo que la llevaba a pensar y convencerse de que lo de su hija no era lo mismo, no era abuso. Es más, detalló que producto de la violación que había sido víctima había nacido su hija con síndrome de down.
Al decir del veredicto, el jurado lejos estuvo de creerle a la madre y sí se quedó con aquellos dichos de la niña que luego fueron acompañados por los profesionales intervinientes y aquella mujer que la supo escuchar. Encima, luego devendría el alegato de un fiscal que se mostró muy cómodo a la hora de exponer frente al jurado e inclinarlos a que se convenzan de su hipótesis, más allá del esfuerzo estoico de un defensor que hizo lo propio.
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