Opinión

Energía renovable y térmica, un matrimonio a largo plazo

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Por Cledis Candelaresi (*)

Recién al quinto año de estar operativo un aerogenerador habrá aportado la energía que requirió para su fabricación, plazo que se extiende a diez años en el caso de un panel fotovoltaico. En otras palabras: producir bienes de capital para generar electricidad renovable implica consumir una importante cantidad de la otra. Este dato cierto prueba dos cosas. Una, que es imposible el desarrollo económico sin algún grado de impacto ambiental. Otra, que las dos formas de energía que se están instalando en el país son complementarias y no opuestas.

Por la filosofía del Gobierno y por la imposición de acuerdos internacionales como la Convención de Cambio Climático de París, Argentina se encamina a reformular su matriz energética, que hoy depende básicamente de los combustibles fósiles, con el gas a la cabeza.

El 65 por ciento de la electricidad actual se produce usando hidrocarburos. Según la legislación vigente, en el año 2025 el 20 por ciento de la electricidad provendrá de fuentes renovables como la eólica, la solar, la biomasa u otras formas de generación más amigables con el medioambiente.

El salto es considerable, ya que implica multiplicar por 10 la actual magra proporción del 2 por ciento que la matriz energética local reserva a la electricidad de fuente verde. Aunque muy por debajo del estándar de países como Alemania o la vecina Uruguay.

Pero la hoja de ruta del gobierno de Mauricio Macri prueba que la energía fósil tendrá una presencia importante por largo tiempo, algo que es técnicamente razonable.

Las usinas térmicas son imprescindibles para estabilizar el sistema eléctrico y dar un servicio firme que en definitiva es el sustento de la confiabilidad del sistema.

Hoy no existen recursos para almacenar la electricidad que produce un aerogenerador o un panel solar. Dicho de modo simple, si amaina el viento o hay una seguidilla de días lluviosos, la producción decae y allí resulta clave la asistencia de las formas tradicionales de fabricar electricidad. Los poco más de 100 mega que hoy aporta la energía renovable en el país es casi una gota en el océano respecto al Sistema Interconectado Nacional. En la tórrida última semana de febrero la necesidad de refrigerar los ambientes exigió al máximo a la red: se demandaron más de 24 mil megas, lo que da una pauta de cuan modesto es aquel aporte.

El grueso de las usinas instaladas en el país es a gas y prescindir de ellas en el corto plazo resulta simplemente imposible. El país está en una transición hacia un modelo que revierta la ecuación, pero es técnica y económicamente inviable hacerlo de golpe.

Por eso la administración macrista sigue la misma línea de trabajo que la gestión anterior y está licitando generación eléctrica a producir por los dos caminos.

El “verde”, como apuesta a futuro. El convencional o fósil, a fin de atender las necesidades inmediatas y evitar los cortes de suministro en el verano o invierno, cuando los usuarios requieren más.

Finalmente, quemar gas resulta menos dañino para el medioambiente que otros combustibles como el fuel oil o gasoil y, según coinciden los entendidos en el tema, prescindir de las centrales alimentadas a este carburante en el corto plazo es inviable.

El desafío es utilizar turbinas con tecnología de última generación, más eficientes, que demanden menos combustible y, por lo tanto, generen menores emisiones de gases de efecto invernadero por kW/h. Y hay una razón adicional para ese desarrollo simultáneo de las dos fuentes, opción mixta que deja tranquilo el corazón oficial.

Ya no hay duda de que el desarrollo del gas no convencional contenido en Vaca Muerta es la apuesta fuerte del país para mejorar su economía en el futuro. En esta instancia, donde los inversores empiezan a mirar con apetito genuino ese tesoro del subsuelo, sería un sacrilegio despreciar al gas.

Energía verde y térmica se acoplan en un maridaje sólido aunque de a ratos imperfecto. Como suelen serlos matrimonios.

(*) Periodista especilizada en energía

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