Opinión

Encontré a mi maestra

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La encontré de casualidad el lunes. Hacía años que no la veía.

Ya no luce como cuando fue mi tan querible como exigente profesora en la Escuela de Comercio. Camina lento, habla despacio, se nota que ve y escucha poco
.
Ni quise preguntarle la edad. Tengo 58 y ella era grande (o al menos así la veía) en la década del ‘70.

Se me ocurrió preguntarle qué pensaba de la huelga docente.

“Uf. Es largo. Mejor llego a casa y te escribo algo, pero solo para vos. No para la gente, porque no valdrá la pena”, me respondió.

Cumplió, por supuesto. Jamás dudé de su palabra.

Escribió para mí, como dijo, y no para que lo publique.

Pero voy a traicionarla. Y sabrá perdonarme.

Acaso en el pensamiento de mi querida profe de hace 40 años, estén parte de las razones, los problemas y las no soluciones a estos eternos conflictos.

“Soy absolutamente escéptica respecto a la mejora de nuestro país. No solo en el aspecto educativo, que es el básico, sino en cualquiera que se te ocurra.
Se inoculó un cáncer cultural desde el ‘45, consolidado a partir del ‘55, del que pienso no saldremos nunca. Fijate que el despectivo ‘gorila’ es una manera de silenciar las críticas y seguir en la misma.
Todos son derechos. Deber, ninguno.
Hace más de 25 años ya sostenía: ‘Pobres de nosotros con los profesionales que tendremos en breve’.
Haber traspasado las escuelas a las provincias, hablar de trabajadores de la educación (en lugar de maestro, profesor, etc.), de pibes (en lugar de alumnos), formar a los profesores -o malformarlos- en institutos terciarios más que en universidades, que los padres te acorralen con abogados o a las trompadas, que si por no fallar a tus alumnos vas pese al paro y tus compañeros te gritan ‘carnera’… es un combo que ya no tiene vuelta atrás.
Los sindicatos te obligan a afiliarte. Los sindicalistas son elegidos indefinidamente. En general el peor obrero, si es que alguna vez lo fue, es el que se encumbra hasta llegar a la CGT. ¿Alguna vez habrá llevado una carga, por ejemplo, el hijo de Moyano?
Nadie quiere cumplir la ley. Carta documento, conciliación obligatoria, nada se cumple. Queremos implementar un sistema para evitar el accionar de los motochorros y salen a manifestar por los derechos humanos…
Hasta los adultos están en la misma. He ido a talleres literarios, de inglés y francés… No hacen caso de las consignas… Si hay que terminar alguna actividad en casa, si hay que llevar algún material, la mayoría, riendo, contesta que no lo hicieron o se olvidaron de llevarlo. Es común que en la clase den una indicación y cada uno haga la suya… Y no están gagá, como podría suponerse. Se mimetizan con lo que hace el resto de la sociedad.
Les seduce el facilismo también a ellos, que ya son grandes y que no crecieron en esta des-cultura.
Entonces me pregunto, ¿qué será de una generación acostumbrada al subsidio, a la huelga, a la violencia, a la falta de respeto hacia el otro, al piquete, a la mala educación, al choque permanente?
Por todo lo explicitado, y otro tanto que no te escribo para no ser pesada, es que no hablo en público. Solo comentamos entre las colegas que pensamos lo mismo y hacemos un poco de catarsis.
Este deterioro fue paulatino y viene de años. Muchos más nos llevará recuperarnos, si es que lo logramos.
Yo sé que por supuesto jamás lo veré. Y me duele el alma solo imaginarlo.
Hice todo con honestidad, pensando en la mejor manera de formar a mis alumnos cuando estuve al frente de mis clases. Hoy me ocupo de mí”.

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Sobre el autor

Rogelio Adrián Rotonda

Rogelio Adrián Rotonda