Opinión

Como “atentado a la historia” define Dipaola el nombre que lleva El Bar Antonino

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Porteño y veterano. Dos condiciones básicas para suponer que el hombre ha sido, por décadas, habitué de los bares de la vieja Buenos Aires. Esos que tenían mesas de billar y un palco para las orquestas tangueras. Y algún escenario especialmente preparado por si le tocaba cantar al mismísimo Carlos Gardel.

El porteño -y veterano- llegó en los últimos días a esta ciudad, con su esposa, por primera vez. Recorrieron los principales paseos y quedaron satisfechos. No había motivos para que ocurriese lo contrario. Sierras, verde, naturaleza al por mayor. Todo bien. Hasta el clima los trató de maravillas durante su estadía.

Pero nuestro hombre en cuestión deja entrever que es un “bicho de ciudad”. Del centro. De los buenos cafés. Y si es antiguo, mucho mejor. Y es lógico. Un veterano en un viejo bar se siente a sus anchas. A lo mejor no para “aprender filosofía”, ni para encontrarse con “sabihondos y suicidas”, como insinuaba el gran Discepolín. Porque un veterano que visita un viejo bar, tiende a evocar “el pasado que añoro y que nunca volverá”. Hasta quedar “curda ya de recuerdos”, como sugería Gorrindo en “Las cuarenta”.

El veterano de nuestra historia caminaba con su mujer plácidamente por la Plaza Independencia, a la altura de la pirámide, dispuestos a conocer los edificios del casco histórico. Optaron por comenzar por el palacio municipal y alrededores. Mientras contemplaban el edificio comunal y la Iglesia Matriz, el señor leyó, a la distancia, la inscripción con letras enormes dibujadas en la parte alta del bar instalado en lo que fue la Librería de la Acción Católica, que hizo célebre a su gestor, don Antonino Pellitero. Esas letras instaladas en el remozado edificio, expresan lo siguiente: “Histórico Bar Antonino”.

El hombre le comentó de inmediato a su mujer y hasta allí llegaron. Con entusiasmo y dispuestos a descubrir presuntas “reliquias”. El espacio que se destinaba a los bailarines, la posibilidad de que se mantuviese algún añejo mostrador con estaño. Y por qué no soñar con la mesa donde Gardel tomaba su cafecito un rato antes de las actuaciones. Un “histórico bar” se presta para todo eso.

Ingresó y al ratito nomás, se sintió desorientado. Salió otra vez a la vereda y al primer transeúnte le consultó por la “antigüedad” del remodelado bar Antonino. Este otro veterano (pero de Tandil) había sido alumno del Colegio San José, por lo que pudo explicarle la verdadera historia:

-No, no. Este bar lleva ese nombre, a modo de homenaje al señor Antonino Pellitero, que por décadas tuvo una librería al lado del colegio. Vendía libros religiosos pero tenía también mucho material de historia argentina y de historia de Tandil. Guardaba diarios y revistas, o recortes de temas que él intuía que alguna vez servirían para escribir la historia de la ciudad. Era muy generoso. Vendía a precios módicos y lo que no vendía lo prestaba. Y no todos devolvían… Pero bueno, yendo a su pregunta, señor, la verdad que este espacio pasó a ser un bar hace poco tiempo, digamos, diez años o algo más.
-Ahhh…

Y de esta manera, el turista amante de los viejos bares se quedó sin palabras, sin café y sin historia. No lograba entender por qué se había colocado allí un cartel que atenta contra la verdad.

No es la primera vez. En los primeros tiempos de Antonino, antes de las reformas, se había caído en el mismo error. Tras la remodelación, pensamos que se iría a corregir y se escribiría, por ejemplo:
“Bar Antonino – Espacio Histórico del Tandil”.

Y alguna placa en las paredes, que explique de qué se trata. Pero no fue así.

Esperamos que el Municipio o los concesionarios enmienden rápidamente este grave error, un verdadero atentado a la rica historia lugareña.

Por Néstor Dipaola, periodista e historiador

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