Interés General

Una vital compañera

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Estamos más que acostumbrados a observarla desde muy pequeños. Es responsable de una de las frases más oídas en los niños cuando se trasladan en automóvil: “¡La Luna me sigue!”. Luego del Sol, es el objeto más brillante del cielo, y se trata del único lugar al que hemos viajado personalmente más allá de nuestro planeta. La Luna, el único satélite natural de la Tierra, seductora de científicos y poetas, ha cautivado por siempre a todos los pueblos del mundo.

Aunque no es habitual pensar en ello, la Luna es mucho más importante de lo que se cree. A lo largo del tiempo, nos hemos preguntado por su origen, por su relativo gran tamaño en comparación a nuestro planeta, e incluso, por su inferencia en nuestras vidas. Quizás a más de uno le sorprenda lo trascendental que es su existencia para hacer posible, justamente, la nuestra. Se pensaba que, habiéndose originado en otra región del sistema Solar, su existencia como satélite natural terrestre se debía a la captura gravitatoria que la misma Tierra le había propinado. Otra hipótesis la asociaba a un mismo origen junto a esta última al momento en que el propio sistema cobraba forma. Pero fueron las misiones tripuladas Apollo y las rocas lunares que recolectaron, las que nos brindaron la respuesta más satisfactoria, hasta el momento, en cuanto al misterio en cuestión. A partir de un tremendo impacto entre la Tierra primigenia (en formación) y un objeto similar al tamaño de Marte, parte de nuestro planeta se desprendió (fue arrancado) para quedar en órbita terrestre. Ese material junto al objeto de impacto, con el paso de los millones de años se fue aglutinando y fusionando para formar, finalmente, lo que hoy es la Luna.

Como bien sabemos, la Luna siempre nos muestra la misma cara. Por ello es que en varias ocasiones nos referimos al lado oculto de la Luna, es decir, el lado que no puede observarse desde la Tierra. Es importante hacer notar que expresamos oculto y no “oscuro”, ya que el lado que no podemos ver no es oscuro en absoluto; de hecho, ese hemisferio es tan iluminado por el Sol como lo es el que nosotros observamos. En aquellos primeros momentos de su formación (hace unos 4.000 millones de años) la Luna rotaba mucho más rápido respecto a como lo hace hoy, lo cual hacía que le mostrase a la Tierra toda su superficie (“ambas caras”). A medida que el tiempo transcurrió, y debido a la mutua atracción gravitatoria entre ambos cuerpos celestes, la Luna fue frenando paulatinamente su giro hasta que llegó un momento en que su período de rotación alcanzó el mismo valor que el de su traslación alrededor de la Tierra (27 días, 7 horas, 43,1 minutos). Es decir, en el mismo tiempo en que se completa un mes lunar (un giro completo de la Luna alrededor de la Tierra), nuestro satélite da una vuelta completa sobre su propio eje. Este es el motivo, esta coincidencia temporal, por la cual la Luna siempre nos muestra la misma cara. Este fenómeno denominado “acoplamiento de marea” se presenta en muchas lunas del sistema Solar, por ejemplo, en las 4 más grandes de Júpiter, las lunas galileas.

Uno de los fenómenos físicos en donde se observa con mayor intensidad la influencia de la Luna son las mareas. Las mismas son causa directa de la atracción gravitatoria lunar. La sucesión del avance y retroceso de las grandes masas oceánicas provoca una intensa fricción en nuestro planeta lo que provoca que el mismo se vaya frenando paulatinamente en su movimiento de rotación. Pero claro, esto provoca entonces que los días en la Tierra se alarguen. Imagino que el lógico interrogante es ¿cuán más largos son los días terrestres? La respuesta es que dicha extensión es de 2 milisegundos por siglo.

Ahora bien, en la naturaleza, toda causa tiene su correspondiente efecto. Es por ello que el alargamiento de los días (el frenado de la Tierra) está provocando que la Luna se acelere en su movimiento orbital y por ende, se aleje cada vez más a razón de prácticamente ¡4 centímetros por año! ¿Cómo es posible medir este alejamiento de manera tan precisa? Esto es posible gracias a unos de los trabajos realizados por los astronautas de las misiones Apollo que descendieron en la superficie selenita hacia fines de los 60 y principios de los 70 del siglo pasado. Durante dichos viajes, dejaron instalados de manera muy precisa espejos los cuales reflejan rayos láser enviados desde distintos observatorios terrestres. Conociendo perfectamente la velocidad de la luz, y como resultado de medir de manera ultra precisa el tiempo en que el láser tarda en regresar desde la Luna, es posible calcular la distancia al satélite.

En cuanto a los asteroides y el peligro de impacto que estos conllevan, la Luna no ha dejado de ser una fiel compañera a la hora de servirnos como “paraguas espacial”. Cientos de miles de asteroides han impactado en la Luna antes de llegar a nuestros mares y continentes. De hecho, el lado oculto es mucho más escarpado y con una mayor cantidad de cráteres de impacto en comparación a su lado visible. Esos cráteres son resultado de meteoritos que, en su gran mayoría, se hubiesen producido en nuestro planeta de no estar la Luna en dicho lugar.

Y por si faltaba algo más, podemos mencionar que la Tierra bailaría en el espacio de manera más intensa a como lo hace hoy en día de no contar con su satélite. Nuestro planeta dista mucho de ser una esfera perfecta. Como bien sabemos, la principal diferencia que posee respecto a este cuerpo geométrico es su abultamiento ecuatorial. Esto hace que a medida que rote sobre su propio eje, se produzca el denominado efecto de precesión, lo cual significa que la Tierra se mueve alrededor del Sol como lo haría un trompo. Es decir, gira sobre su propio eje y a su vez con un movimiento de dicho eje respecto a uno imaginario perpendicular al plano de movimiento alrededor del Sol (la eclíptica). De no existir la Luna, el movimiento terrestre sería realmente caótico. Esto provocaría, entre otros efectos, un rotundo cambio en las estaciones climáticas, lo que haría imposible la vida tal cual la conocemos.

Como se ve, y parafraseando al inolvidable y genial Carl Sagan, no solo “somos hijos de las estrellas”, sino que además, debemos nuestra existencia a nuestra fiel, única y vital compañera de los cielos.

* Director de Gestión Planetario Ciudad de La Plata

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Sobre el autor

Diego Bagu

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