Interés General

Mundos oceánicos

Cassini

Pocos elementos son tan vitales para la vida como lo es el agua en estado líquido. Sin ir más lejos, el origen de aquella se ha dado justamente en los océanos. Es por ello que al momento de indagar acerca de la posibilidad de encontrar vida extraterrestre, los astrobiólogos se enfocan en hallar mundos con agua y elementos como oxígeno, nitrógeno, carbono y fósforo, los “ladrillos químicos” que permitieron tanto el origen como el desarrollo de la vida terrestre.

Hace tan sólo unas décadas, el conocimiento que poseíamos acerca de la existencia de lugares con una vasta cantidad de agua se circunscribía tan sólo a la Tierra. El envío de sondas semiautomáticas a partir de la década del 60 en adelante, nos permitió no sólo encontrar otros planetas y lunas con agua sino que en función de la cantidad hallada, podríamos definirlos sin lugar a dudas como verdaderos “mundos oceánicos”.

Una de las naves que más resultados brindó en tal sentido fue la Voyager 2 (NASA), una sonda emblema de lo que representa la exploración espacial. Gemela de la Voyager 1 la cual visitó Júpiter y Saturno, la segunda de ellas repitió esa gran experiencia extendiendo su periplo a los otros dos gigantes gaseosos del sistema Solar: Urano y Neptuno. Fue tal la cantidad de información recogida por estos navíos que podríamos afirmar que estas misiones son una bisagra en la historia de la ciencia. Nunca antes habíamos observado los cuatro grandes planetas como hasta ese momento. El caótico sistema atmosférico de Júpiter, los intrincados y bellos anillos de Saturno (vale mencionar que Júpiter, Urano y Neptuno tienen cada uno sus propios anillos), y la más diversa colección de lunas. Entre ellas, dos de las más atractivas son Europa y Encélado. La primera, uno de los cuatro satélites principales de Júpiter descubiertos por Galileo a inicios del siglo XVII, mostró una corteza helada de agua congelada, con fuertes indicios de un océano líquido bajo la misma de acuerdo a los datos recogidos. Por su lado, Encélado, una luna de Saturno, presentaba similares características. Como en tantos órdenes de la vida, en astronomía la observación a partir de una segunda imagen es crucial ya que podemos realizar comparaciones respecto a una primera. Fue así que a partir del enorme éxito de las Voyager, la NASA en cooperación con la Agencia Espacial Europea y la Agencia Espacial Italiana, decidieron enviar una segunda nave a Saturno y su sistema de lunas. Lanzada en 1997, llegó a destino en 2004, momento desde el cual ha estado orbitando a todo este minisistema Solar.

A 20 años de su lanzamiento, en septiembre próximo Cassini finalizará su fantástico viaje ingresando en las capas superiores de Saturno e incinerándose previo envío a la Tierra de sus últimos y tan esperados datos.

Uno de los objetivos principales de Cassini consistió en estudiar a Encélado, una luna de unos 500km de diámetro (el diámetro de la Tierra es de 12.700km y el de la Luna, 3.474km). Los grandes interrogantes estaban centrados, claro está, en su corteza de agua congelada y su posible océano líquido. Las observaciones de Cassini se completaron a lo largo de todos estos años con las recogidas por el Telescopio Espacial Hubble (HST), el cual ya había sido puesto en órbita en 1990.

La información ofrecida por ambos instrumentos es una fiel muestra de la importancia que implican distintas misiones, distintos sensores, analizando un mismo objeto. El HST fue capaz de detectar una serie de chorros emitidos desde el polo sur de Encélado. Las primeras suposiciones daban cuenta de emisiones de vapor de agua, las cuales fueron confirmadas por un estudio reciente a partir de lo observado por Cassini en 2015. A una distancia de unos 1.400 millones de kilómetros de la Tierra, los controladores de misión lograron que Cassini atraviese esos “géiseres” pasando a tan sólo 49km de la superficie.

Diversos instrumentos de la nave fueron capaces de “olfatear” las expulsiones de Encélado a fin de develar sus secretos bajo hielo. Los resultados obtenidos a cargo de un equipo liderado por Hunter Waite del Instituto de Investigación del Suroeste fueron publicados la semana pasada en la revista Science y presentados en una conferencia de prensa brindada por la NASA desde su cuartel central en Washington, EE.UU. Lo que en su momento observó el HST es ni más ni menos que vapor de agua en un 98%, un 1% de hidrógeno molecular y el resto una combinación de dióxido de carbono, metano y amoníaco.

La gran cantidad de agua no hace más que ratificar la suposición de un océano líquido por debajo de la corteza de hielo, una capa de unos 40km de espesor. En cuanto al hidrógeno molecular, el origen más plausible del mismo es consecuencia de lo que ocurre en vastas zonas del lecho oceánico terrestre. En dichos lugares se encuentran fumarolas en donde por procesos hidrotermales, el agua reacciona con la roca produciendo hidrógeno molecular. Es allí cuando este elemento químico es un manjar para comunidades de microbios los cuales metabolizan dicha molécula en metano. En otras palabras, si no se ha encontrado vida en Encélado, están dadas todas las condiciones (por cierto, muy similares a las terrestres) para dicha existencia.

¿Cuáles son los pasos a seguir en lo que respecta a estos verdaderos mundos oceánicos? La NASA ya aprobó la misión Clipper la cual viajará a Europa, la otra luna (de Júpiter) candidata a poseer vida. Como tantas otras veces hemos expresado, se avecinan años realmente apasionantes no sólo para un mejor entendimiento de nuestro sistema solar sino en particular para confirmar lo que sospechamos desde hace tiempo: en este inmenso universo, es altamente probable que no estemos solos.

* Director de Gestión Planetario Ciudad de La Plata

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Diego Bagu

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